De manera que, desde el principio, Heathcliff sembró en la casa semillas de discordia. Cuando dos años
más tarde murió la señora, Hindley consideraba a su padre como un tirano y a Heathcliff como a un intruso
que le había robado el afecto paternal y sus derechos de hijo. Yo compartía sus opiniones, pero cuando los
niños enfermaron del sarampión, modifiqué mis sentimientos. Tuve que cuidar a todos los chiquillos, y
Heathcliff, mientras estuvo grave, quería tenerme siempre a su lado. Debía pensar que yo era muy buena
para él, sin comprender que no hacía más que cumplir con mi obligación. Hay que reconocer que era el
niño más pacífico que haya atendido jamás una enfermera. Mientras Catalina y su hermano me
importunaban continuamente, él era manso como un cordero, quizá ello se debía más a la costumbre de
sufrir que a buenos instintos.