La morenita me miró con descaro. Con la barbilla bajada, una sonrisa invisible y desprecio en los ojos, movió los labios sin hacer un solo ruido «Apártate».
-Dice que te apartes. -la de mi derecha, una versión de ella misma pero con el pelo ceniza, me puso la mano en el pecho y mientras me lo decía, me volteó hacia atrás. Una fuerza impresionante. Cogió a su amiga de la mano y salieron corriendo por la calzada, con los tacones clavándose en la acera.
Todas las miradas siguieron su estela de perfume y prohibición. En la puerta, dos tíos de smoking, en apariencia impenetrables, se apartaron sutilmente y las dos ninfas entraron por la puerta.
Antes de que el último coletazo de seda y strass se perdiera dentro, volvió a asomar una cabellera de pelo negro brillante. Me miró fijamente, y esta vez sí sonrió.
También me alzó el dedo corazón, y me susurró, en aquel idioma para sordos: «Imbécil».
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