Se abre el coto de caza, aquí tenéis pistolas, condones y esposas. El amor se ha perdido, ya no existe el romántico, el vendido, el comprado. Aquí todo es canjeado. Trueques y troquelados. Te cambio un ramo de rosas rojas por un polvo de media hora, el diamante engarzado por toda una vida de polvos mágicos. La pena es que el diamante es una piedra, y los polvos siempre dejan de ser mágicos; son trucos. Tenemos trato, tenemos nombre y tenemos objetivo. ¿Para qué queremos más? Ya no hay princesas porque de noche lo parecen todas, y en la oscuridad, todas las cosas se parecen. Hasta las putas y las zorras. Ya no hay príncipes porque su capa destiñe en la lavadora, y es un coñazo que se joda toda la ropa. Nos hemos perdido un salto evolutivo, hemos saltado dos escalones o estadios, y sin embargo, no sabemos si realmente hemos subido... o nos hemos CAÍDO. Todo se arregla con una vana promesa, con una pregunta de retrasado, con una respuesta de gilipoyas.
-Hola, ¿cómo te llamas?
-Vendería mi alma por esos ojos.
-Tienes un par de tetas como dos cacho peras.
Dulces y en almíbar, no te jode. El panteón del amor ahora tiene nombre de discoteca, y las agujas de cupido, siempre dando por culo, son inyecciones de heroína. Con las pupilas dilatadas, todas las cosas se parecen. Hasta las princesas, las putas y las zorras. Con las luces de neón, los flashes y el alcohol, todas las cosas se parecen. Hasta los príncipes, los retrasados y los subnormales.
El amor se ha perdido, puede, sí, es probable.
Pero su resaca es la madre de todas las desgracias. Te dice quienes son las putas, los retrasados, las zorras y los gilipoyas.
Te dice quienes son los príncipes, y las princesas, y resulta que ¡coño!, nunca amaneces con ninguno.