Había sido extraño. Ecaronia, mi ciudad y escenario nocturno, estaba tan desierta como de costumbre. Yo paseaba por la ciudad sin rumbo, el asfalto impoluto, las ventanas cerradas. Ni siquiera mis pasos hacían ruido. Hoy hacía viento, un día brillante. Y entonces lo ví, de lejos, tomando la esquina como un transeunte corriente, completamente ajeno a mi presencia. Me maravillé de que mi mente hubiera decidido obsequiarme con un triste ciudadano en mi ciudad soñada. Así que lo seguí. Pero como normalmente ocurre en los sueños, parecía que nunca conseguía darle alcance. Sabía que si me forzaba a continuar terminaría por despertarme, pero la intriga podía conmigo. Crucé la calle con el semaforo en rojo infringiendo mis propias leyes oníricas y más allá ví su sombra desaparecer tras un muro en el barrio comercial.
Comencé a correr sobre mis zapatillas y alcancé la zona en la que le había perdido el rastro. Los escaparates iluminados me invitaban a comprar en una parodia de realidad consumista pero hoy no tenía tiempo para ellos. Allí estaba, se había detenido y miraba el letrero del nombre de la calle con una media sonrisa. Avenida Farfalla. Un nombre ridículo y ñoño. Qué más da. Contuve el aliento y me detuve en la distancia. Resoplaba por el esfuerzo y él tenía que oírlo ya que no habían más sonidos que lo ocultaran. Posó su mirada vagamente en mí como quien mira sin esperar ver nada y entonces sus ojos se abrieron por la sorpresa. Me desperté sin saber qué significaba esa sorpresa en sus ojos azul cian y suspiré resentida.
....
Me desperté como la reina de Ecaronia. Tal y como lo hacía cada noche. Yacía sobre los tejados del barrio más cercano a la costa. Era tarde y caía el sol. Me acuclillé sobre las tejas de pizarra oscura y el viento hizo ondear mi bufanda púrpura, que ahora se enrollaba alrededor de mi cuello. Vi las olas desbocadas tragarse la playa mientras tomaba las escaleras de emergencia con mis pies desnudos. Encaré la carretera y empecé a correr, en busca del solitario habitante de mis propios dominios. Él como comenzaba a llamarlo para mis adentros. No podía dejar de dudar que se tratara de mi propia invención, se me antojaba demasiado real. Así que rastreé todas las calles que se cruzaron en mi camino, devoré cada ventana buscando una luz delatora pero no encontré nada. Perdí la cuenta de las veces que había cambiado de ruta en la oscuridad y bajado la mirada desencantada. Estaba claro que no tendría tanta suerte por segunda vez. Por pura nostalgia me encaminé hacia la Avenida Farfalla donde sabía que encontraría luces consoladoras. En poco tiempo, decenas de letreros de neón coloreaban la noche sepulcral de mi Ecaronia. Me paseé sobre sus baldosas doradas y sucias hasta una tienda de juguetes. Me llamó la atención una maquina con una marioneta desmadejada en su interior. Me pregunté si... Introduje la mano en el bolsillo de mis vaqueros y encontré una moneda. Todavía incrédula la dejé rodar hacia el interior de la rendija y la marioneta cobró vida. Un payaso mecía un minúsculo violín junto a su mejilla, decorada con una estática lágrima negra, y el llanto del instrumento relampagueó a través de la avenida. La avenida pareció revivir con el sonido. Me asustó el eco de la música sobre los muros de la ciudad pero no se me ocurrió como acallar la música. Tomé asiento en un banco junto a la tienda, un poco desencantada con mi propia imaginación que me negaba lo único que le había pedido jamás. Y frente a mí, tantos que no podía creer que no los hubiera visto antes, todo un desfile de carteles multicolor cubrían las paredes, puertas, ventanas y escaparates de la calle.
Festival, festival, festival, festival, festival, festival, festival, festival, festival, festival...
¿Dónde? Me pregunté si Él iría. ¿Pero cuándo?
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