! Quizá con la edad entre otras muchas cosas, se pierde memoria, que son las cinchas del morral en el que se quedan los recuerdos y que llevamos siempre cargado sobre nuestras espaldas. Sin pasado se anda más ligero, el tiempo nos envuelve y pasa como una brisa ligera, la experiencia no nos acorta el paso y el goce del momento se come los minutos. Ha pasado un minuto, un día, una semana, un mes, un año, diez años...del hecho que, expulsando a otros recuerdos se gravó en nuestra memoria repleta de cachivaches inútiles. No encuentro la respuesta a la pregunta de por qué valoramos el tiempo pasado como tiempo que no tenemos. Nos hacemos viejos. La imagen, que de nosotros nos devuelve el espejo, nos lo grita a la cara, el paso se vuelve cansino, la apatía y el recelo nos inundan el alma y el tiempo pasa rozando nuestras cicatrices. Pim, Pam, Pum. De los fuegos artificiales del placer y del dolor sólo nos queda esa fútil sensación de su efímero resplandor, una sonrisa, una mirada de arrobo en un rostro que, en los segundos que dura el orgasmo, se vuelve joven, bello y terso. El mismo rostro que se cubre de las arrugas grises que dibuja la angustia cuando nos acercamos al umbral de la pérdida del ser que queremos. El placer da paso al deseo que se deshace en la mirada y el ansía por volver al lugar del encuentro, el dolor se transforma en conciencia cierta de que la naturaleza, la puta naturaleza, nos terminará matando.
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